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Coeur de Parisienne

París

(Viaje a París)

Tranquilos, que mi ausencia durante estos días se debe a algo bueno. Me lié con las maletas y me fui a París cinco días con mis papis, algo que económicamente se agradece, ya que he tenido un sinfín de chucherías (crêpes franceses, que deberían ser desde ya patrimonio europeo) y regalos tontos a mis pies, preciosas visitas y tranquilos momentos de paz sin poner un duro. Vamos, el típico viaje que sola habría sido incapaz de hacer.

Cinco días con sus cinco noches dan para mucho, y he visto lo que de verdad cuenta, tratando de no dejarme demasiado atrás. Louvre, el Moulin Rouge, Concorde, el Arco del Triunfo, los Champs Élysées, Montmartre y el Sacré Coeur, Notre Dame y la Torre Eiffel, Pigalle con su milla de oro sexual parada en algún momento del año 87, Trocadéro, Saint Honoré, la Ópera Garnier, Saint Germaine-des-Prés y el inevitable momento de perderse (literalmente) en el laberíntico cementerio kilométrico de Père Lachaise hasta encontrar, cómo no, la tumba de Wilde y plantarle un beso de color rojo en la piedra.

Lo único malo de París son dos cosas: una es que te inyecta en vena una nostalgia romántica y duradera (que producen sitios como Florencia o Venecia) apenas le has dado la espalda, montada en el avión de vuelta. La otra es que, después de visitarla, tu ciudad te parece un calco borroso de lo que París ha conseguido hacer consigo misma.

Me lo dijo Wilde, que estuvo en Mallor…

Wilde Brandreth

(Wilde. Collage. Tinta, Moleskine + papel de revista.)

Creo que íntimamente me molesta más de lo que yo pensaba el último libro que me he leído, y si es así, es por una razón bien tonta. Hace muchos años, casi una década y en plena época fan-de-Wilde, me tomé la licencia de escribir un tochaco en el Word, una historia liosa (que perdí, por cierto, en un horrible formateo) a Times New Roman diez, y en donde Oscar Wilde era uno de los personajes principales y tomaba parte activa en la historia aunque todo sucedía en el año 1999.

Lo curioso es que al recordarlo y releerlo, renegué de ello porque me parecía una falta de respeto, personalmente, escribir y vivir por alguien que seguramente no habría reaccionado ni dicho lo que yo ponía por su boca o le hacía vergonzosamente ejecutar. Vamos, que me daba un yuyu que no veas estar ahí fantaseando y describiendo a alguien que ya tuvo su vida, interesante a fin de cuentas, y que está criando malvas en un cementario de París. Del todo inappropiate, darling.

Así que cuando me he terminado de leer el libro de Gyles Brandreth, Oscar Wilde y una muerte sin importancia (Ediciones Plata Negra, 2007), he sentido ese escalofrío de rencor propio del wildeanista convencido (menos del de Villena, que ése más que wildeanista es un mariquita pesado de cojones y pedante como él solo) del “no es justo” o del que clama respeto.

Podría haber seguido por ahí con el puño en alto quejándome y maldiciendo como los yotos que se quejan del frío o del calor que hace, pero a cambio me lo leí (en dos noches) y me maravillé de dos cosas: una, la interesante capacidad del (desconocido) hábil Gyles para captar sin artificios de película yanqui el ambiente londinense de fin de siècle, y dos, el auténtico pavor que todavía hoy algún sector de wildeanistas estirados y británicos tienen de reconocer, sin llevarse las manos a la cabeza, que Wilde era un muerdealmohadas, todo lo gentleman, elegante, refinado, seductor e ingenioso que usted quiera, pero una auténtica Madame pecaminosa (¡y por eso le amamos!). En el libro de asesinatos a lo Jessica Fletcher, Wilde no sólo no es homosexual (será por eso que se llama “novela de ficción”) sino que se permite toda clase de gestos de refinado julandrón con sus colegas para luego ser sin embargo un auténtico Don Juan, amante de su esposa, devoto y maestro del flirt con las damas. Hasta él mismo en la novela (por boca del autor), se defiende apartándose con ardor de los que practican le vice anglais. Muy normal. A esto habría que añadir que todas las citas famosas que se le atribuyen a lo largo de décadas, en la novela de Brandreth las suelta durante 1889 y 1890 a razón de cinco por minuto. Como una ametralladora dublinesa, vamos.

Si a esto le sumamos que en las simpáticas notas biográficas que vienen al final, la mención a Bosie es poco menos que una frase de carácter anecdótico (entre tantas otras como “y Wilde ganó el premio tal…”) y que se evita la palabra “homosexualidad” por todos los flancos, tenemos como resultado una novela santurrona, maravillosamente bien escrita, es verdad, pero que, de nuevo, juega con la peligrosidad de poner como protagonista a alguien que existió, negándole la capacidad de defenderse o sentirse identificado con el retrato. Nada de justicia biográfica, en resumen.

Decepción se llamaba Beck

Beck (Modern Guilt)

(Beck. Via The Fly)

Lo siento. Puede que los cientos de fans que ayer abarrotaron La Riviera junto con mi pobre ser -estaba bajo mínimos de azúcar, y con mal humor, mea culpa- quisieran matarme al confesar esto, pero yo también soy (fui… ¿o soy?) fan del rubito californiano Beck y lo de ayer fue para mí una decepción en toda regla con síndrome Traje Nuevo del Emperador (nadie se atreve a decir la verdad).

Lo primero es que la imagen de un Beck sanote (de al menos 50 kilos, por favor), de voluptuosos labios rojos, se desvaneció al ver lo que parecía ser una niña grunge de no más de treinta kilos aporreando la guitarra, con gafas rosas y amarillas de plástico y olvidándose de las letras de, a mi parecer, temas sagrados como Tropicalia o Sex Laws. La Riviera se lució con acoples monstruosos de decibelios infernales (estaba en primera fila y sé lo que digo), una auténtica amalgama de ruido rasposo; E-Pro se “intuía” sólo porque los de las primeras filas entonaban el célebre “na na, na na na na naaa” y los siguientes les imitaban como monos titís, porque si no no puedo entender que alguien sacara algo en claro de aquel vomitón musical. Si hasta los teloneros, Tulsa, sonaron mejor.

Para aderezar la situación, a mitad del concierto, mientras una fan histérica me hacía un sandwich por detrás, rocé el borde de la conocida sensación estoyhastaloscojonesdeestaraquí, sudores fríos incluídos, así que me largué a la barra más cercana y a sentir un poco de espacio a mi alrededor, para comprobar que una pepsi venida a menos en vaso de papel costaba la nada despreciable cantidad de 5´50 €. Tras pagar con un arqueo de cejas, me arrepentí, sensación que odio cuando estoy en el concierto de alguien a quien aprecio, de haber ido ayer a La Riviera.

Actualización: En el blog de Mifunne podéis ver fotos del evento.

 

Tú sí que vales: Todos somos artistas prototipos

Tú sí que vales

(Asesinos de conciencias peligrosos y armados)

Antaño, Crónicas Marcianas y su reportero Cárdenas eran los Callejeros oficiales del frikerío patrio. De aquellas incursiones en lo profundo surgieron personajes como el Mallorquín Putero, Musiquito, las hermanas del Baptisterio, las entrevistas renovadas al caduco Carlos Jesús, la Pantoja de Puerto Rico… a mi juicio todas ellas criaturas con problemas variopintos en la azotea que necesitaban su momento de gloria para exprimir su supuesto talento.

Tras la muerte de Crónicas y la llegada de Callejeros, que hacen algo así como sórdido, adictivo y fascinante periodismo de arrabal, se emiten programas que, copiándose unos a otros, han hecho florecer también cierto monster parade en lo tocante a participantes. Me refiero a Tienes Talento y su hermano cocainómano, Tú sí que vales, cuya gracia consiste en ver cómo Anyel Llása -es decir, Ángel Llácer- trata de pisar las bromas de los pasadísimos y descafeinados Morancos, ídolos de toda una generación de marujas de las del toro de fieltro encima de la tele, mientras Noemí Galera pone caras y se ríe dándole la espalda al concursante de turno.

Sin embargo, tras una época reciente de visionados y refritos de estos dos programas, en especial del hermano yonqui, he comprobado que hay una serie de concursantes que como el ajo de un buen pà amb tomaca, se repiten, como clónicos desperdicios, y que con ahínco tratan de triunfar y llegar a la sumamente cheesy final:

-El viejuno que cuenta chistes inventados: Chistes, por otra parte, basados en anécdotas de origen rural, cuya gracia reside en las cerdadas inmediatas que provocan las carcajadas de las señoras.

-El que hace cosas extrañas con su voz: imita aves, renos en celo y hasta bisontes apareándose si hace falta. Tampoco son infrecuentes los que imitan sonidos que invitan al bostezo, como el goteo de una cañería, un claxon, el pato Donald, etc.

-Los que tocan música con objetos extraños: con cucharas de plástico, vasos, palillos y hasta con carretillas, palas y cubos de la basura. Karajan estaría orgulloso.

-El que se pone pinzas por todo su cuerpo: Dónde reside el éxito de este estúpido talento, yo no lo sé.

-Los que hacen speed painting graffitero: Cuidado, suelen hacer cosas realmente cutres hasta sin el tiempo contando en su contra.

-El gitanillo de siete años: Todo un clásico que, por motivos que no quiero citar, casi siempre llega a la final. Sale con su familia, un cajón flamenco, da tres zapateaos, y se quita el chaleco. Súper interesante. Aunque lo haga tan aburrido y previsible como un deshielo, todos aplauden, le alaban y le hacen pasar.

-El músico de conservatorio tímido y serio que ha estudiado tropecientos años de piano, violoncello o ———- (ponga aquí el instrumento delicado y elegante que vd. prefiera) y que curiosamente viene a desprestigiarse haciendo cola entre un hombre disfrazado de mujer que viene a contar chistes verdes y uno que hace contorsionismo con antorchas.

-Los de las chirigotas disfrazados: pueden ir disfrazados de: futbolistas de la selección, marujas (sus favoritos confesos) o soldados. Sus chirigotas no las entiende ni el más experto lingüista en dialectos españoles tras ocho vasos de Red Bull.

-El grupo de adolescentes cuyo “sueño es bailar, bailar, bailar” vestidas de cantantes de Hip Hop haciendo uno de esos espectáculos de danza tipo aerobic que recuerdan a mis fines de curso en verano cuando iba al colegio.

-El que hace cosas con fuego: No puede faltar. Es como el gin sin el tonic, Amy sin Blake, Kidman sin bótox: son cosas que no se conciben separadas. Y los programas de este tipo sin un hombre con pareja artística que hagan cosas con fuego al más puro estilo hippies contratados para amenizar fiestas de San Juan, no merecen llamarse programa.

-El o la contorsionista de circo: en la línea del anterior; aquí entran también todos esos grupos de expertos en diábolos, cintas, aros y todas esas cosas. Aderezan el acto circense con música al estilo balalaika rusa y todos tan contentos.

-El del monólogo aburrido: Su sueño es participar en Paramount Comedy. Después de esto, no lo logrará.

-La niña grasiosa y con musho arte: Niña explotada televisivamente por los sinvergüenzas de sus padres. No tiene más de cuatro años, va vestida de forma inapropiada y canta y baila mal (¿qué se le puede pedir a una criatura así, por Dios?) despertando así la ternura del público y del jurado femenino.

-La pareja de “adorables” payasos: Tienen un dúo cómico y se creen una mezcla de rabiosa frescura entre Martes y Trece y Tip y Coll, pero no hacen ni puta gracia mucha gracia, los pobres.

-El mago al estilo Copperfield de barrio: Su sueño alcanzable: actuar de telonero de alguien grande en la Galileo Galilei. hace trucos trasnochados pero de relativo éxito. Le ponen música misteriosa para dar enjundia a sus amanerados movimientos: me vale el score de Harry Potter y el O Fortuna Imperatrix Mundi de Orff.

Y por último pero no menos importante…

-La cantaora intérprete: Al estilo del gitanillo del cajón flamenco. Señora con “mucha raza” y mucho “arte” que trata de bordar piezas icónicas de Jurado, Pantoja y compañía al estilo de gala autonómica. Caspa pura y dura.

Por Dios, creo que no me dejo a nadie. Pero siempre estaréis vosotros ahí para decírmelo. ¿Sabéis de más prototipos de participantes de estos concursos? Opinad, opinad…

Hot Slut of the Day

Dexter

(Michael C. Hall, Dexter)

Porque mientras describe cómo se va a cargar a alguien, es como ver porno.